«Mini vídeo» es una expresión que la gente, sobre todo los cargos altos en marketing, no dejan de usar últimamente. Al menos a mi alrededor se ha convertido en una costumbre.

Con el auge del vídeo como herramienta de presentación, sustituyendo a powerpoints y similares, me he intentado acostumbrar a oír «eso se hace un minivídeo presentándolo y ya está«.

Minivídeo. Mini vídeo. O como la RAE diga que hay que escribirlo.

He intentado acostumbrarme. De verdad.

Y no puedo, claro.

La expresión «mini vídeo» lleva implícita una sencillez y rapidez que en realidad no suele existir. Se sobreentiende que, al durar el vídeo muy poco, debe llevar muy poco tiempo hacerlo, muy poco esfuerzo, ¿no?

Pues no.

Hace falta no tener ni puñetera idea de lo que hablamos, ¿eh?

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Cualquiera que se haya sentado delante de una mesa de edición sabe que puede ser igual de complicado editar una pieza de 30 segundos que una de 5 minutos. Las dificultades son diferentes (¿se entiende?, ¿aburre?,  ¿da tiempo a leerse?, ¿hemos mantenido demasiado el plano?…) y el proceso puede alargarse el mismo tiempo, incluso más.

Insisto mucho en este tema, sobre todo al lidiar con gente de marketing y/o externa a lo que es la faceta más artesanal del sector audiovisual: por mucho que veas series y películas no quiere decir que entiendas de audiovisual.

Por mucho que veas fútbol quizá no tengas ni idea de cómo se regatea.

Y si no tienes ni idea, ¿por qué das cosas por sentado?